LA PROMOCIÓN DE 1985 EN LA FACULTAD DE DERECHO DE LA UNIVERSIDAD COMPLUTENSE

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El paso por la Universidad Complutense me marcó profundamente, pues yo era entonces un joven de 18 años, de origen rural, con muchas ganas de saber, que ahora llegaba a la capital de la nación, en un momento de cambio total en el país.

La Facultad de Derecho vivía entonces en una situación convulsa, donde se escenificaba con anticipación el giro copernicano que estaba dando nuestra sociedad en todos los ámbitos, pero que allí podía se sentía más próximo, pues por los pasillos de aquella facultad entraban todos los días los viejos dirigentes sociales a su cátedra junto a profesores ayudantes, muchos de ellos deseosos de acceder a puestos estables, pero también prestos a unirse a los nuevos núcleos de poder que se estaban formando.

El perfil de los estudiantes que allí llegábamos también había dado un vuelco radical. En pocos años estaba llegando una avalancha de alumnos procedentes de la emergente clase media, hasta entonces casi inéditos en unas aulas más propias para la alta burguesía. El primer efecto que se provocó fue obviamente el de la masificación en unas aulas saturadas, que no habían sido previstas más que para una élite.

En septiembre de 1980 llegué a Madrid abrumado por los cambios que me esperaban y temeroso de una agitación social sobre la que algo llegaba a provincias, pero que desde luego no tenía nada que ver con sentirsee inmerso en ella, como al final me ocurrió en unas cuantas ocasiones.

El azar me condujo, sin esfuerzo alguno por mi parte, a un grupo de alumnos con los que compartí prácticamente toda la carrera . Al cabo de un año descubrí la razón: al parecer muchos alumnos buscaban el grupo con profesores más asequibles y una vez elegido hacían grandes colas para matricularse para entrar. Así se iban llenando grupos en sucesivo grado de asequibilidad hasta llegar al último en el que solía haber buenos profesores, pero muy exigentes. Este era el grupo de algunos que se matriculaban tarde, como yo hacía para evitarme un viaje adicional a Madrid y de un grupo de alumnos que al parecer estaban más interesados en los profesores que en pasar unos años de más comodidad con profesorado más bondadoso.

 El primer año no reparé mucho en esto, pues el grupo era numeroso, con más de doscientos alumnos, Sin embargo, a partir de segundo en que nos quedamos muy pocos alumnos, si me di cuenta de que el grupo tenía un núcleo duro formado por lo que parecía una cuadrilla de amigos formados básicamente por la pertenencia a un estrato social aparentemente más elevado. Aunque no eran más de ocho o diez, este número significativo determinaba en un grupo pequeño que el liderazgo real  fuera ostentado por ellos a la hora de fijar alguna fecha de exámenes o trabajos. Alguno de ellos eran los interlocutores con el profesorado y se acercaban al final a ellos para hacer comentarios al final de cada clase.

Junto a ese grupo al final estábamos algunos outsiders, dado que no compartíamos con ellos demasiadas afinidades. Al final llegamos a establecer cierto trato, pues los descansos en los pasillos abrían un periodo de conversación y obviamente al final la tendencia era a grupitos de dos o tres en el que nos intercalábamos algunos no del grupo. Sin duda José Luis Rodríguez era uno de los que más entraba en conversaciones desde más allá del grupo, dado que el además representaba, con tenue apariencia, el ala progresista de nuestro pequeño grupo.

El núcleo duro era de una ideología básicamente conservadora en todo el espectro de aquellos tiempos: cristiana, monárquica y, sobre todo liberal, como se veía en sus intervenciones en clase. A partir de esta mezcla, podía detectarse en alguno mayor afinidad con el Opus, o en otro mayor ligazón familiar a la entonces Alianza Popular.

Con algunos miembros del grupo de alumnos estable  (Pedro Rueda, Elisa de la Nuez, Gabriel Elorriaga, Baudilio Tomé, Rodrigo Tena, Fernando Barnuevo, Alfredo Timmermans Cecilia Yuste…) tuve conversaciones más extensas, sobre todo cuando compartimos un seminario nocturno en el Departamento de Derecho Internacional Público, pues teníamos inquietudes ante la llegada de lo que ahora es la Unión Europea.

Su liderazgo tuvo momentos de reconocimiento por mi parte, como cuando se opusieron al profesor Hillers, un falangista empeñado en obviar la Constitución Española en la década de los ochenta, o como cuando intervinieron para romper la absurda inercia histórica en el departamento de Derecho Procesal por la cual el catedrático Guasp daba su temario en diferente orden al de otro catedrático, de modo que si se tenía un cambio de profesor en el curso siguiente, la segunda parte de la materia o se repetía o quedaba sin dar. Sin duda, se supo aprovechar la jubilación del profesor Guasp para poner orden en una divergencia académica que venían sufriendo muchos alumnos.

Al final, pasados los años los miembros de este núcleo duro accedieron al poder político, económico y social de diferentes modos. Alguno, claramente se mostró como arribista y falto de escrúpulos, otros fueron temerosos de reaccionar ante situaciones que no compartían (pensando en ellos varias décadas atrás). Sin embargo, creo que otros desempeñan puestos con enorme dignidad y cualidades, incluso algunos de ellos decidieron sacrificar la segura recompensa de alinearse con el poder imperante para buscar la equidad y  la ética, de acuerdo a conceptos sobre los que oimos hablar bastante en aquellos cinco años compartidos.

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