RECUERDO A RUIZ-GIMÉNEZ

El pasado 27 de agosto moría en Madrid Joaquín Ruiz-Giménez a los 96 años. Su extensa biografía que ha sido glosada en los medios de comunicación nacional abarca una larga lista de cargos públicos (Defrensor del Pueblo y presidente de UNICEF fueron los últimos más notorios), una trayectoria docente muy amplia desde su cátedra en la Universidad Complutense, y un quehacer profesional como abogado ligado a causas notables en su momento.

No añadiré más datos de su biografia porque son conocidos y están a disposición de cualquiera, pero sí me gustaría hacer algunos comentarios personales, de quien por los avatares de la vida terminó como alumno suyo y quedó marcado de por vida con alguna de sus premisas vitales.

Del maestro Ruíz-Gimenez, recuerdo la intensidad, el entusiasmo con el que cada día llegaba al aula. Su objetivo máximo no era limitarse a transmitir un temario, sino ponerle un sello de humanidad, hacer creible la defensa de los derechos humanos -creo que este ha sido el motor de su vida- a través de sus argumentos y, en muchos casos de su propia trayectoria personal.

Me vienen a la  mente ejemplos de tolerancia, como cuando un extranjero le dijo que tenía dificultades para escribir el examen en español, y el le respondió que se lo corregiría en cualquier caso si lo redactaba en francés o en inglés.

Recuerdo las clases suplementarias, donde el contenido del temario cedía a la discusión de temas de actualidad. Un diálogo en el que podíamos intervenir en plano de igualdad con el maestro, aunque por supuesto sin la autoridad de sus palabras. En aquellas sesiones conocí que hay dilemas no siempre fáciles de afrontar, como la prolongación de la vida a quienes realmente la han perdido, o conocí el horror de la pena de muerte en palabras de quien como abogado había estado hasta el último momento junto a quien iban a ejecutar.

No mantuve con él relación estrecha, sólo de alumno con un trato de cierta distancia como correspondía entre un catedrático tan eminente y un alumno apenas llegado a la Universidad. Por ello me resulta imposible aseverar si esa imagen pública que nos daba era la misma que podía mantener en la esfera privada. Yo me arriesgo a pensar que sí, que no era una persona con dobleces de ese tipo.

Un último gesto, sus últimas voluntades al morir, me han devuelto la imagen de Joaquín Ruiz-Gimenez con todo su vigor. El maestro ha deseado que la ceremonia de su entierro sea en la más estricta intimidad. No ha querido flores, ni coronas, pero sí que el importe que se hubiera destinado para ello se entregase a una entidad benéfica o a una ONG.

Descanse en paz.

Puedes ampliar el conocimiento de Ruiz-Giménez  con dos artículos públicados en El País: Ver artículo de Consuelo Crespo y el de Gregorio Peces-Barba.

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