HUELLAS. Francisco Delgado

  Francisco Delgado Piqueras

Mi relación con Francisco Delgado como profesor es radicalmente diferente a los otros casos que se exponen, porque mi papel como alumno ya no era el de un joven inexperto que debe sentir cierta reverencia por su venerable maestro. Ahora, afrontaba una etapa educativa después de un bagaje personal y formativo bastante amplio.

Tiempo atrás había decidido abandonar la universidad en la que había cursado el primer ciclo de doctorado. Había conocido un catedrático casi mítico para mí, que ahora estaba afrontando su última etapa universitaaria en el departamento ajeno, pienso, a la realidad de ese departamento. Allí coexistían profesores que inconscientemente renegaban de un trabajo al que habían vuelto tras el esplendor de una carrera politica con jugosos cargos. Junto a estos, poblaban el departamento jóvenes profesores que acababan de acceder a la plaza no sé si con la ayuda de su ilustre apellido jurídico o no, pero desde luego resultaba llamativo que varios de ellos fueran “hijos de” y que estuvieran precisamente en ese departamento, con tantos aspirantes más anónimos como hay en España dispuestos a a hacer carrera.

Esta situación no terminaba de convencerme del todo, como tampoco el trato despectivo hacía los alumnos que daban algunos de estos professores. Gracías al desánimo que transmitian y a su falta de ayuda, más del noventa por ciento de los alumnos abandonó o fracasó de otro modo antes de finalizar sus estudios de ciclo. Por ello,  y pese a que yo si acabé con buena nota, decidí que no iba a finalizar mi doctorado con aquel equipo docente.

Como no conocía a nadie fuera de las universidades de Madrid y la Universidad de Álicante que había frecuentado antes ya me quedaba lejos, pensé en la Universidad de Castilla-La Mancha, todavía casi emergente. Ni corto ni perezoso busqué en el directorio de profesores y les envié un correo electrónico presentándome brevemente como alguien que venía de fuera y buscaba un director para una tesis.

Sorprendentemente, al poco tiempo, tal vez al día siguiente, recibí un correo de Francisco Delgado, invitándome a pasar por su despacho para que conversáramos. Fui a la entrevista y le expliqué de manera basstante cruda mi situación y mis prioridades, que precisamente no eran las del típico doctorando que aspira a incrustarse en el departamento. Sin embargo, a partir de aquella conversación quedamos en iniciar una colaboración que duraría unos cuantos años.

En ese periodo de visitas a su despacho pude adentrarme un poco en sus intereses, sus aficiones y sus preocupaciones, incluso sus cargas familiares, como el día que acudí y tenía el cochecito de su hija pequeña en el despacho del departamento. Lo que sí creo que se establecíó fue una línea de respeto, pese a las discusiones que puede generar la diferente visión de un mismo asunto por dos personas, que pienso que todavía continua.

Si tuviera que resumir en pocas palabras la personalidad de Francisco Delgado diría que es una persona trabajadora. A Francisco Delgado lo he visto en la Facultad en horas que desde luego serían inverosímiles para muchos profesores, o en fechas donde reina el silencio, como a finales de julio. El otro día, había ido a la Facultad en busca de cierta tranquilidad para preparme un tema. Era un viernes gélido y a las siete y media de la tarde prácticamente no quedaba nadie. De repente escuche una voz familiar que me llamba. Allí estaba Francisco Delgado preparando un caso práctico para que lo tuvieran los alumnos la semana siguiente.

Su trayectoria.

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